Nadie nace odiando

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En los pasados días hemos presenciado un sin número de actos violentos inimaginables en un periodo muy corto, en donde todos tienen como denominador común, la intolerancia, racismo, fanatismo, homofobia y segregación abominable.

Estos se han manifestado de formas inauditas, desde la masacre suscitada en una discoteca en Orlando; los asesinatos de policías en la torre Eiffel en Francia; la sangrienta muerte de la humanista y una líder política en Inglaterra, el intento de poner un explosivo en una parada en Los Ángeles; y por último la cruel ejecución de una cantante luego de un concierto.

Cada uno de estos actos son manifestaciones distorsionadas de una de las palabras que hemos eliminado de nuestro vocabulario, el odio.

La Real Academia Española define esta palabra como un “sentimiento de aversión y rechazo, muy intenso e incontrolable, hacia algo o alguien”.

Aquellos que hemos vivido de cerca alguna manifestación de esta palabra, en menor o mayor grado, sabemos que la misma es una que nos tergiversa el mundo, nos trastoca los cimientos del alma y puede poner en duda nuestra esencia.

Por muchos años, millones de personas han sido cómplices silentes de que estas atrocidades continúen propagándose ininterrumpidamente.

Muchos han escrito miles de teorías del porque suceden estas tragedias, pero vemos pocas voces haciendo un pensamiento crítico de la raíz de todo esto.

Vemos personas dialogando sobre lo sucedido, soportándose por momentos, pero no vemos el inicio de una conversación profunda y minuciosa sobre nuestros propios prejuicios.

Aún no hemos sido testigo de algún diálogo justo, sobre la realidad de nuestras premisas falsas que imponemos sin misericordia a los demás; sobre como enjuiciamos y condenamos sin conocer; como nos equivocamos como sociedad ante la infame falsedad de que realmente toleramos al prójimo.

Parecería que estamos esperando a que alguien nos venga a despertar.

Seamos honestos con nosotros mismos, ¿cuándo es que vamos eliminar la palabra tolerancia y la sustituimos por inclusión? ¿cuándo vamos a eliminar las cintas adhesivas y vamos a curar la enfermedad mental?.

Es hora ya que hagamos algo, que dejemos de estar poniendo en otros la toma de decisiones las cuales nos condenan a una perpetua agonía.

Basta ya, de que no sepamos manejar nuestras emociones y permitir que se nos nuble nuestra esencia humanística. Seamos valientes y desenmascaren la mentira perpetua que nos condena a la manipulación colectiva.

Dejemos que los sentimientos de repudio sean más continuos y los de separación se conviertan en la excepción.

Que tal si hoy comenzamos a aceptar a las personas que nos rodean tal y como son, unos seres humanos.

Que tal si las diferencias que tenemos, esas que nos distinguen, tomamos una decisión en conciencia y decidimos verlos como el regalo que vinimos a darle a este diverso mundo existencial.

Que tal si reconocemos que no sabemos nada y que todo aquello que conocemos puede ser borrado en un segundo.

Que tal si en vez de estar quejándonos, dejamos de ser cómplices silentes y nos convertimos en actores principales de los cambios que deseamos ver.

Que tal si comenzamos a utilizar las palabras para edificar y no enjuiciar.

Que tal si abrazamos más, compartimos de frente, diferimos y nos enriquecemos en el proceso.

Que tal si recordamos que somos seres humanos y dejamos de ser indiferentes ante un sentimiento que puede ser revertido por el amor.

Amemos intensamente, no nos dejemos cegar por el fuego que llevamos dentro, no permitamos que el mismo entre a la fogata equivocado como decía Friedrich Nietzsche.

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