Un taxi en Nueva York

Durante estos días recibí una llamada desde la ciudad de los rascacielos de una amiga que necesitaba hablarme urgentemente. Le comenté que estaba en una reunión en ese momento y que tan pronto saliera de ella la llamaba.

Dos horas más tarde cuando la llamé -y sin esperar- comenzó a decirme como se sentía, entre las cosas que me dijo, era  que estaba en un estado de inercia total. Su voz no tenía el mismo tono vibrante y lleno de felicidad al que me tiene acostumbrado.

En realidad después de escucharla por espacio de media hora, su gran frustración era algo sencillo y complicado a la vez. Había perdido su norte, sentía que su carrera estaba “on hold” o en resumidas cuentas, sentía que está dando vueltas en el mismo lugar, sin saber a dónde ir.

Se preguntaba ella misma, cómo era posible que después de haber estado por espacio de cinco meses en el norte de Nueva York, en donde vivió en un monasterio en silencio, para poder encontrar claridad y poder encontrarse a ella misma, todavía se sentía tan perdida.

A su vez ella no entendía el vacío que sentía su alma, estaba casada con un filósofo brasilero maravilloso, tenía un trabajo que le daba la flexibilidad que necesitaba para hacer lo que ella quisiera y a pesar de todo esto, seguía dando vueltas como un trompo. La llamada no quedó en nada, ella se desahogó y al colgar por lo menos estaba respirando, así que creo que había valido la pena.

Ese día fue  difícil para ella, como se que ha sido para muchas de las personas que conozco incluyéndome a mí, en donde nuestra mente se a nublado, nuestros ojos se han empañado, los sueños se han congelado, bailamos en un círculo y nuestro norte está en el espacio sideral.

Días más tardes recibí otra llamada, pero esta vez había una carcajada al otro lado, creí por un momento que se habían equivocado, pero no, era mi amiga que estaba riéndose incontrolablemente de lo que le había pasado ese día.

Resulta que ese día se había montado en uno de esos taxis –que son un mal necesario- que transitan por las concurridas calles de la ciudad que no duerme. Al sentarse le indicó al conductor la dirección a la cual  necesitaba llegar y asumió que el había entendido y que estaba familiarizado con la dirección.

Al cabo de un rato ella  se dio cuenta que no estaban en la dirección correcta y le preguntó que si él conocía una ruta diferente y de una forma ruda y con un acento del medio oriente le dijo que él era el taxista y que sabía a donde iban. Ella no quería entrar en un dime y direte con él, así que le dijo al taxista que parara el auto.

Una batalla de quién tenía la razón comenzó en cuestión de segundos, llegó a un punto, que el tono de voz estaba escalando, así que decidió darle el dinero que decía el metro del tiempo del taxi y se bajó. Al empezar a caminar se dió cuenta que no sabía dónde estaba caminando y tuvo que parar de caminar y pensar detenidamente hacia donde iba. Al darse cuenta en donde realmente estaba, se empezó a reír ya que estaba solo a unas cuadras de su destino final.

Cuando terminó de contarme todo este cuento, lo primero que me dijo fue que estaba contenta ya que la vida le había dado una gran lección. No es que ella no sabe a dónde va, sino que para llegar a donde ella desea llegar, tiene que pensar bien lo que realmente desea y sin querer queriendo –como diría el Chavo del Ocho- llegará.

La conversación concluyó con una gran verdad que ella me indicó una vez que yo estaba cuestionándome que entendía que no estaba moviéndome nada en el área profesional de mi vida. Al finalizar de indicarle lo que me estaba pasando me dijo “quién te dijo a ti que las cosas no se están moviendo, el que no veas que se están moviendo, no significa que no se están moviendo”.

Hoy te dejo con estas pregunta ¿Cuándo fue la última vez que tomaste el tiempo para ver si estás en donde deseas estar? ¿Qué es eso lo que realmente mueve tu alma y pone a bailar tu ser? y por último ¿Qué estás haciendo diariamente para llegar a eso que tanto anhelas?

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